HISTORIA DE LUCCA
Las primeras crónicas históricas relacionadas con Lucca proceden del año 218 a.C., cuando el ejército de Roma, al mando del general Tiberio Sempronio Graco, se tuvo que reorganizar en el área de Lucca, tras ser derrotado por el ejército cartaginés, al mando de Anibal, en la famosa Batalla de Trebia.
No obstante, la ciudad de Lucca ya había sido fundada por los lígures y por los etruscos, convirtiéndose en colonia romana en el año 177 a.C., con motivo del pacto suscrito entre Roma y Etruria, lo que forzó a las tribus lígures a exilarse en los Alpes Apuanos.
En el año 56 a.C., Lucca fue el lugar que eligieron Julio César, Pompeyo y Craso para encontrarse y restablecer el triunvirato (Primer Triunvirato).
El actual caso antiguo de Lucca atestigua el trazado urbano original de la que fuera ciudad perteneciente al Imperio Romano. Por entonces, el “cardus maximo” – la actualmente concurrida y elegante Via Fillungo – atravesaba la ciudad de norte a sur, mientras que el “decumanus maximo” - hoy en día, la emblemática Via Santa Croce- la atravesaba de este a oeste. El Foro Romano estaba situado en el lugar en el que ahora se encuentra la bellísima Piazza San Michele.
El sistema de carreteras consulares trazado por Roma, compuesto por las vías Emilia Scauri, Clodia y la legendaria Vía Cassia – hizo que Lucca se convirtiera en un centro militar y comercial importantísimo, ya que dichas vías comunicaban a la ciudad con otros puntos urbanos pertenecientes al Imperio.
A causa de ello, en el siglo X, Lucca no era solo la capital del Margraviato de Toscana- prácticamente independiente, no obstante su alianza con el Sacro Imperio Romano – sino que, a comienzos del siglo XI, la ciudad ya estaba considerada como uno de los mercados más prósperos de seda de Europa, capacitado para competir con Bizancio.
En el transcurso de la Edad Media, Lucca fue, además, unos de los principales puntos de peregrinación de Europa, ya que la ciudad estaba en posesión del “Volto Santo” - el mítico crucifijo de madera de cedro con la faz de Nuestro Señor Jesucristo, tallado por Nicodemo, que llegó a Lucca en el año 782, en circunstancias que podrían calificarse de milagrosas.
Actualmente, en la espléndida Catedral de San Martino está expuesta una copia perfecta de dicho crucifijo, que procede de los siglos XI ó XII.
En esos siglos, Lucca vivió un largo período de esplendor cultural y económico que alcanzó su cima durante el gobierno de Matilde de Canosa, Condesa de Toscana. La condesa alcanzó asimismo una gran popularidad entre los ciudadanos, debido a su gran impulso en la construcción de fortificaciones y puentes para la ciudad. Entre ellos, permanecen los magníficos puentes llamados del “Diavolo” y de la “Maddalena”, respectivamente.
En el año 1162, Federico Barbarbarroja, Emperador del Sacro Imperio Romano, otorgó a la ciudad una serie de privilegios importantes, que constituyeron el comienzo de su verdadera independencia. Barbarroja contribuyó de manera fundamental a la independencia de Lucca mediante la reconstrucción de sus legendarias murallas defensivas. Posteriormente, entre los siglos XVI y XVII, las murallas continuaron prolongándose y consolidándose, hasta alcanzar los más de 4 km. de muros imponentes que rodean a la ciudad de Lucca, considerada como una joya delicada y singular de la región de Toscana.
En el siglo XVI, Lucca pasó a ser una república oligárquica liderada por las familias principales del lugar, quienes construyeron palacios y villas magníficas que siguen decorando sus calles y plazas, así como sus bellísimos alrededores.
Durante el siglo XVI, Lucca vivió también un período de confrontaciones frecuentes y violentas con sus principales rivales políticos: Los Medici de Florencia y los Este de Emilia Romagna. No obstante, la ciudad supo mantener su independencia.
Las últimas décadas del siglo XVIII terminaron con la difícil situación política de Lucca respecto a otros estados de Toscana, a causa del advenimiento de la Revolución Francesa y la subsiguiente entrada del ejército de Napoleón en Italia. La república oligárquica que había dominado a Lucca durante siglos llegó a su fin.
El Principado de Lucca estaba gobernado por Maria Anna Elisa Bonaparte, casada con el aristócrata corso Felice Pasquale Baciocchi. En 1805, Napoleón la nombró Princesa de Lucca y Princesa de Piombino. En 1809, tras su separación matrimonial de Baciocchi, su hermano la nombró Gran Duquesa de Toscana. Maria Anna Elisa Bonaparte gobernó Toscana hasta el 1 de Febrero de 1814.
Maria Anna Elisa Bonaparte estableció en Lucca las principales reformas legales instituidas durante la Revolución Francesa que, entre otros fundamentos primordiales, relegaron a la Iglesia a un segundo plano con respecto al Estado. La princesa estaba también caracterizada por ser una amante del arte. Por consiguiente, durante el período de tiempo que ejerció el poder en la ciudad de Lucca, los palacios, villas y monumentos de la hermosa ciudad conocieron nuevos tiempos de esplendor.
Hay que tener en cuenta que, en el transcurso de los cuatro últimos siglos, las familias más notables de Lucca construyeron junto a la ciudad, y en su maravillosa provincia, más de 300 villas de distintas dimensiones y estilos.
La reacción tradicionalista que se desencadenó tras la caída de Napoleón I, con el Congreso celebrado en Viena, entre Septiembre de 1814 y Junio de 1815, trajo a Lucca el gobierno de María Luisa de Borbón, Infanta de España. Por lo tanto, Lucca estuvo en poder de la Casa de Borbón hasta 1848, año en el que una serie de revoluciones sacudieron a Italia, así como a buena parte de Europa. A continuación, Lucca se adhirió al Gran Ducado de Toscana, hasta que se produjo la unificación de la actual Italia, que terminó de forjarse en 1870.
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